En 1948, la hacienda donde Evans había trabajado por décadas cambió de dueños y sus terrenos abrieron al público con el nombre de Airlie Gardens. Evans fue contratada para cobrar la entrada en la puerta principal. Durante más de veinte años, siete días a la semana, sin excepción, se sentaba en la entrada y leía, rezaba y hacía dibujos que compartía con los visitantes. Como el jardín recibía a pocas personas, salvo en el anual Festival de Azaleas, Evans tenía mucho tiempo para pasear por los jardines "para hablor con Dios", como ella misma decía. Allí habría visto fuentes coronadas con querubines y doncellas, bustos de deidades griegas, colulmnas dóricas, urnas forradas de hiedra repletas de arreglos en macetas, estatuas puertas, cenadores y la estructura con columnas y cúpulas conocida por los residentes locales como el Templo del Amor. Evans había incluido imaginería botánica en su obra anterior, pero la cercanía cotidiana con los jardines la inspiró a intensificar el uso del color, expandir su repertorio de imágenes y desplazar su atención de las formas florales o insectos individuales a composiciones que abarcan toda la superficie, rebosantes de flores radiantes, sugiriendo un mundo vivo, impregnado de presencia divina.